Un asalto anarquista



























El ataúd que transporta al líder anarquista Buenaventura Durruti, atraviesa las calles de una Barcelona consternada bajo la suave lluvia de esa mañana del 23 de noviembre de 1936. El himno anarquista “hijos del pueblo” rompe el sepulcral silencio en medio de un mar de puños alzados y banderas rojinegras.  Medio millón de personas se volcaron a la calle para acompañar las exequias del mas grande anarquista que conociera el mundo. El sepelio espontáneo, organizado por todo un pueblo a su mas querido héroe.

La bala que alcanzo el corazón de Durruti el 20 de ese mes, mientras defendía una Madrid cercada por los mastines de Franco, también desangró el corazón del pueblo español; Durruti moría en el momento en que su presencia era inspiración y ejemplo para España.

El hombre que burlara a la muerte en tantos lugares, dejaba de ser historia y se convertía en mito.

El rastro inmortal de su huella, también dejó su marca en Santiago de Chile. Más de diez años antes de esa lluviosa mañana en que ingresara a la muerte.

Una fría noche de Julio de 1925, tres hombres cruzan el centro de Santiago, enfundados en gruesos abrigos. Caminan distraídamente mientras terminan de fumar sus cigarros. Pronto se detienen frente a un céntrico edifico de un gris opaco.

A pesar de la avanzada hora, una débil luz restañaba desde una de las oficinas de la IWW (Industrial Workers in the World). En el interior, el obrero gráfico Pedro Nolasco, espera con ansiedad la llegada de los legendarios solidarios; grupo armado que había devuelto golpe a golpe la brutal represión de la patronal española. Nolasco conocía el feroz asalto al Banco de Gijón, que además de causar el inmediato exilio de los solidarios, había logrado deslumbrar a los anarquistas chilenos.

Un escueto mensaje le advertía la llegada del grupo a la IWW. Sí, era cierto. Sería una escala totalmente imprevista y secreta en el itinerario del grupo.

Pronto escuchó los débiles golpes en la puerta. La contraseña esperada lo hizo saltar de su silla. Ahí afuera, estaban los celebres anarquistas españoles.

El primero en entrar a esa oficina de la IWW, era un gigante de rasgos duros, con una sonrisa que iluminaba su ancha cara morena, como de papa recién arrancada de la tierra.

Buenaventura Durruti estrechó entre sus fuertes brazos al sorprendido Nolasco.

-Mis camaradas, Francisco Ascaso y Gregorio Jover - dijo con un vozarrón afable, y agrego con una risa poderosa

- amigo Nolasco, quite esa cara de sorpresa y sirva ese vino que es la fama de esta tierra-.

Departieron toda esa noche. Durruti irradiaba un intenso carisma que contrastaba con la seriedad de Francisco Ascaso; de maneras espartanas y sobrias, pero que poseía un intenso brillo de coraje en los ojos.

Estarían unos días en Chile, y sacarían el mayor provecho para la lucha anarquista. Pedro Nolasco quedo con la boca abierta al enterarse de los planes del grupo.

-  intentaremos un asalto compañero Nolasco- dijo Durruti con su habitual sonrisa.
Si los anarquistas chilenos los apoyaban con la logística, podrían contar con una parte del botín, pero, agregó, actuarían solos y sobre ese punto no habría discusión.

En los días posteriores fueron instalados en una sencilla pensión de Avenida Matta. Pronto se unieron dos solidarios mas; el hermano de Ascaso; Alejandro y Antonio Rodríguez; el famoso Toto. El grupo estaba completo.

Esa misma semana un titular del diario Los Tiempos, relataba un fallido intento de asalto a las dependencias del Club Hípico. En la calle 21 de mayo, pleno centro de la ciudad, un grupo de extranjeros había intentado asaltar a los empleados que se defendieron a balazos, abortando a los atracadores que huyeron sin lograr ser capturados.
Era el primer intento de los solidarios.

Sin amilanarse, Durruti planeó el que seria el primer asalto a un banco en Chile.

El lugar escogido: una pequeña sucursal en el populoso y bullente barrio Franklin; la sucursal matadero del Banco de chile.

La fría mañana del 16 de julio, el día de la virgen del Carmen, el grupo abandona la pensión de Avenida Matta y se disgregan en distintas direcciones. Durruti se dirige al centro de la ciudad;  la concurrida Plaza de Armas.

Una vez ahí, se dedica a observar el movimiento mientras enciende un cigarro. Pronto divisa un taxi, un enorme Hudson negro estacionado en una esquina de la plaza. Se encamina a abordarlo. Una vez dentro, le ordena al conductor enfilar a la calle San Diego, y desde ahí, a la sucursal matadero del Banco de Chile.

Cuando el Hudson se detiene frente a las oficinas del banco, Durruti saca un revolver del abrigo y lo coloca en la nuca del Conductor.

-Quedaos quieto, si lo que queréis es vivir por supuesto... - susurra desde el asiento posterior.

El aterrado conductor observa por el espejo retrovisor la ancha sonrisa de Durruti en esa cara de rasgos moros, ahora cubierta por un antifaz negro.

En ese momento abordan el taxi los otros cuatro anarquistas, cruzan unas breves palabras y el toto queda vigilando al conductor.

Los cuatro españoles cruzan la calle. Durruti guía al grupo. Con sus abrigos negros ondeando en la fría brisa de esa mañana, al llegar a la puerta, los demás anarquistas se cubren con antifaces. La rutina que tantas veces han repetido en distintos lugares del mundo será aplicada por primera vez en el convulsionado Chile de esa década.

Durruti fulmina con la mirada a un arriero que se encuentra en la puerta recolectando dinero para los calicheros que han llegado a Santiago víctimas del cierre de las salitreras. De pronto, se lleva el dedo índice a los labios en señal de silencio y le guiña un ojo.

-  Señores ¡Arribas las manos!- Grita con el marcado acento español que confundirá a la prensa y a la policía en los días posteriores.

Los anarquistas, con un Colt calibre 38 en cada mano, saltan la barra de bronce del mostrador y reducen rápidamente a los cajeros, Durruti se encarga del único guardia que había en ese momento propinándole un violento golpe con la cacha del revolver.

El atraco se realiza en cosa de minutos; los asombrados clientes que acudieron al banco en ese momento no daban crédito a sus ojos. Cuando lograron salir del estupor solo alcanzaron a divisar los negros abrigos flameando hacia la calle.

Durruti se detiene frente al arriero y deposita un fajo de billetes en sus manos, luego vuelven a cruzar la calle hasta el Hudson que los espera con el motor en marcha. Antes de abordar el taxi, disparan al aire para confundir a la muchedumbre de matarifes y comerciantes que circulan por San Diego.
Tres funcionarios salieron en persecución del Hudson que huía arrojando una lluvia de amenazadoras y sibilantes balas.

A comienzo de agosto, los solidarios abandonaban tranquilamente Santiago rumbo a Argentina con el dinero del primer banco asaltado en chile.

La vida del líder anarquista alcanzaría su punto mas alto en la formación de la celebre Columna Durruti. Durante los aciagos días de la guerra civil, la defensa de España de la garra fascista fue el digno epílogo a una vida dedicada a la libertad del hombre.
Un ligero hálito de esa apasionada vida quedo flotando en el Santiago oloroso a café y ladrillos de 1925.

Por Marcelo Escobar

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